El propósito de este trabajo es la
elaboración de una posible guía para comprender la relación entre tres
cuestiones:
una institución como la Iglesia Católica que,
instituida como universal hace dos milenios, concreta su doctrina y su práctica
pastoral de manera particular, en este caso, en la sociedad Argentina;
los medios de comunicación como instituciones
que interjuegan en la trama cultural productora de hegemonías, reproduciéndose,
acompañando o expresando posiciones hegemónicas o contrahegemónicas;
la configuración de una formación
político-cultural que ha sido una clave y un nudo de significaciones en nuestra
historia nacional, en cuanto cristalizadora de procesos del pasado y como
matriz de procesos posteriores, que denominamos «los 70».
Para
realizar esta «guía» tenemos en cuenta no tanto los medios (comerciales) cuyo
consumo se supone ciertamente masivo y, por supuesto, no confesional (en cuanto
no adscripto a una confesión religiosa en particular), sino los medios
expresamente católicos o que poseen un «lector modelo» que adhiere a la
confesión católica o a las doctrinas (de alcance sociopolítico) que se articulan
con esa confesión. También los órganos de difusión de ideas pertenecientes a la
Iglesia católica o a algún sector de la misma, más los documentos oficiales de
la Iglesia universal o en Argentina que contribuyen a conformar un estilo de
opinión que podemos denominar «católico» o «eclesial». Finalmente, los
análisis de otros estudiosos, no ya de los medios u órganos eclesiales, sino de
los procesos sociopolíticos en la historia o de la Iglesia en relación con
esos procesos.
1/ La
Iglesia y la configuración de «los 70»: De la Semana Social de La Plata al asesinato del Padre Mugica (o del
«cinismo politiquero» a la «politicidad católica»)
Comprender
la articulación de la Iglesia con la configuración de «los 70» supone, en
principio, situar la multiplicidad de procesos que confluyen o contribuyen
para que se produzca esa articulación. Vamos a considerar dos tipos de
procesos:
1/a. La repercusión de las pugnas
políticas en la Iglesia
El primer
grupo de procesos hace referencia al mutuo impacto entre la esfera de las
pugnas sociopolíticas en el proceso histórico argentino de la época considerada
y la esfera de esas mismas pugnas pero al interior de la Iglesia en la misma
época.
a) Un proceso que nace de una tradición que
opera como estrato residual y que se articula con dos situaciones
histórico-sociales:
a.1) una situación de
carácter político: el conflicto entre la Iglesia (ministerial: sacerdotes,
obispos, organismos católicos) y el gobierno del Gral. Juan Domingo Perón, y
que representa una situación que podemos llamar arquetípica;
a.2) una situación de
carácter cultural: ese conflicto mencionado en la primera situación tiene una
distancia con esta segunda situación, en cuanto el pueblo peronista pertenece
(en su inmensa mayoría) a la Iglesia (no ya ministerial, sino entendida como
«Pueblo de Dios») o a la confesión católica.
b) El proceso que articula la proscripción
del peronismo como partido político (e incluso como imaginario o movimiento
histórico) y el prolongado exilio del líder del mismo, el Gral. Juan Domingo
Perón, con el devenir del movimiento obrero y con la resistencia peronista que
da textura a la esperanza de que Perón
vuelve!, por un lado, y con la sucesión de gobiernos pseudodemocráticos,
cívico-militares o francamente dictatoriales, por otro.
c) La creciente brecha entre el desarrollo
ideológico de sectores conservadores de la Iglesia y su compromiso, complicidad
o acompañamiento con otros factores de poder que cristalizarán en la denominada
«Revolución Argentina», esto es: el onganiato,
y la relativa radicalización de sectores innovadores cuyo desencadenante clave
es también el proceso vivido en torno al onganiato.
1/b.
Las pugnas políticas al interior de la Iglesia
El segundo
grupo de procesos se refiere a la articulación entre esferas eclesiales
externas a la Argentina y el devenir interno de la Iglesia Católica argentina
respecto a la cuestión sociopolítica.
d) Un proceso interno de la Iglesia
universal que proviene de acontecimientos externos a la Argentina y que
impulsará un intenso debate al interior de la Iglesia argentina. Los hitos de
ese proceso serán, entre otros: el desarrollo y las conclusiones del Concilio
Vaticano II, la Encíclica Populorum Progressio
del Papa Paulo VI, la Carta de los Obispos del Tercer Mundo y la II Conferencia
Episcopal Latinoamericana desarrollada en la ciudad de Medellín, con la visita
del Papa.
e) Las experiencias y las prácticas
pastorales de amplios sectores de la Iglesia latinoamericana en lo que va
definiéndose como una posición de compromiso con la organización y las luchas
populares por la liberación, más la interpretación de esas experiencias y
prácticas en la configuración de la denominada «teología de la liberación».
1/c.
Comienzo y culminación del período considerado
En
términos histórico-cronológicos, la articulación entre la Iglesia y la
configuración de «los 70» comprende el período que comienza con la Semana Social de La Plata (1959) y que
culmina con el asesinato del sacerdote Carlos Mugica.
A
pesar del conflicto con el gobierno de Perón, la popularidad de la Iglesia no
se vio herida de muerte ni los valores cristianos en la cultura popular se vieron
resentidos[1]. Tanto los números de la revista de la Juventud
Obrera Católica (JOC), Notas de Pastoral
Jocista, de 1956 y 1957, como el documento pastoral extraordinario de la
jerarquía católica del 1º de mayo de 1956 (que pasó desapercibido por su
escasa circulación y por el silencio de los medios de comunicación), hicieron
reiteradas referencias a la defensa de los trabajadores perseguidos, además de
una valorización de la economía peronista y su obra sindical.
Pese
al repliegue de muchos cuadros católicos como consecuencia del conflicto con
Perón, hubieron sacerdotes que se comprometieron con los trabajadores
peronistas, como lo testimonia el Diario El
Pueblo[2]. El Arzobispo de La Plata, Monseñor
Antonio J. Plaza[3], comprometió a toda su diócesis en la Semana Social de 1959. "Fue el primer acto eclesial, de
efectiva repercusión nacional, que lograba un puente entre los sectores
mayoritarios de los trabajadores y la Iglesia"[4]. El objetivo explicitado por el obispo
fue "remediar el alejamiento de la
clase obrera de la Iglesia a raíz de la revolución de 1955", según
declaraciones al Diario Córdoba[5].
(Sin
embargo, debemos situar a Plaza en su verdadera dimensión: su intervención en
ese momento -y en todo momento- tenía un alcance y un propósito ambicioso, y
puede comprenderse en el contexto de la alianza que él trabajara por esos
tiempos con Frondizi y Frigerio. Como afirmara en el Diario La Voz Emilio F. Mignone, "Plaza, pese a su carácter de obispo de
la Iglesia católica, nunca ha tenido nada que ver con el Evangelio. En 45 años
que lo conozco jamás le he escuchado una frase que posea relación con la
doctrina de Cristo"[6]. Cabe recordar cómo Plaza, un
politiquero intrigante y codicioso, llegó a ocupar su cargo como obispo: lo
hizo adulando al, por entonces, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, el
coronel Domingo Mercante; lo que sirve como otro dato paradigmático a la hora
de elaborar una semblanza completa de este personaje).
En
la Semana Social se reconoció a las
«62 Organizaciones» sindicales peronistas como expresión de argentinidad y
como movimiento de opinión nacional y cristiano; se atacó el plan económico
del Ministro Álvaro Alsogaray; se pidió la terminación de la persecución a
dirigentes gremiales por razones políticas y por ser peronistas.
Los
medios de comunicación (además de los diarios mencionados, El Pueblo y Córdoba) se
hicieron eco de este acontecimiento que marca el inicio de la década del 60 en
la relación entre la Iglesia y la política nacional. El Diario Mayoría sostuvo que la Semana Social de La Plata fue el eje de
todo el acontecer nacional de la segunda mitad del 59[7]. El Diario El Intransigente de Salta, en cambio, reflejó el repudio de los
radicales, socialistas y demoprogresistas al sostener que la Semana Social fue una cruzada
pro-reivindicación del peronismo en Argentina[8]. Monseñor Plaza, en un reportaje
televisado el 18 de octubre de 1959, opinó (como corolario) en favor del
retorno de Perón y se interesó por el cadáver de Evita[9].
Lo
cierto es que la cuestión «Iglesia y política», a partir de este acontecimiento,
dejó de significar «Iglesia y partidismo» y comenzó a significar «Iglesia y
pueblo» (hacia el encuentro con los sectores populares y el movimiento obrero),
por un lado, e inauguró una nueva modalidad de presencia pública y activa de la
Iglesia en la vida nacional.
El
período que consideramos culmina con un hecho de extrema gravedad: el asesinato
de Carlos Mugica, sacerdote villero de Retiro, miembro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Mugica fue la
primera víctima sacerdotal de la sangrienta persecución iniciada aún antes del
denominado «Proceso»; fue acribillado a balazos a la salida de la parroquia de
San Francisco Solano el 11 de mayo de 1974, cuyo párroco era su amigo y
compañero el padre Jorge Vernazza. Mugica, de muy conocida actuación y
militancia, desarrollaba su actividad pastoral en la capilla Cristo Obrero de
la villa de Retiro[10].
La
muerte de Mugica es una culminación en la articulación entre la Iglesia y la
configuración de «los 70», ya que él fue una figura significativa de la relación
«Iglesia y pueblo» y representó el alcance del compromiso de una línea dentro
de la Iglesia (la línea denominada «popular») con los más pobres. Por otro
lado, porque su muerte significó un preanuncio del genocidio que vendría
(relacionado con la Iglesia) y el primer dato denso del ataque sistemático
contra «los 70» como formación político-cultural (que incluyó una forma de
resolver la relación entre la Iglesia, el pueblo y la política).
2/ La
tendencia tradicional (preconciliar)
en la década del '60 y sus medios de difusión
Las
encíclicas del Papa Juan XXIII (1958-1963) Mater
et Magistra (1961) y Pacem in Terris
(1963) marcaron una rotación en la posición de la Iglesia universal, cuyo
corolario fue el Concilio Vaticano II
(1962-65). Luego del Concilio las cosas no podrían ser iguales: la Iglesia
universal adoptaba posiciones ante los problemas del mundo y a los conflictos
sociopolíticos y económicos; frente a esas posiciones la Iglesia local no
podría quedar indiferente. Además, iniciaba un camino de renovación en su
interior que marcaría un antes y un después del Vaticano II.
En
Argentina, los procesos de toma de posición frente a la realidad sociopolítica
teniendo en cuenta las enseñanzas del Concilio se aceleraron con la llamada
«Revolución Argentina». En ese contexto es que el obispo de Avellaneda,
Jerónimo Podestá, en una entrevista de José Manuel Quijano, del semanario
uruguayo Marcha, denomina al
Presidente Onganía con un término no muy conocido en la sociedad: le llama preconciliar[11]. El término, utilizado en el interior de
los ambientes eclesiales, no sólo se popularizó, sino que adquirió una significación
política a partir de la aplicación que hizo Podestá refiriéndose a Onganía y su
particular dictadura.
En
los 60, las publicaciones eclesiales, católicas confesas o de inspiración
católica influyeron y acompañaron el desarrollo de acontecimientos políticos
fuera y dentro de la Iglesia. Muchas de ellas sostuvieron posiciones
preconciliares o tradicionalistas en lo doctrinal pero, lo que es más
significativo, acompañaron y alentaron la articulación con posiciones
políticas cada vez más decididamente preconciliares: ultraconservadoras, en
algunos casos, y fascistas católicas, en otros.
La
construcción imaginaria del «caos» y la «anarquía» (y luego los peligros del
«comunismo») y, por lo tanto, la necesidad del «orden», tuvo como principales
promotores a las Fuerzas Armadas, algunos partidos políticos, los sectores patronales-empresariales,
la dirigencia sindical y las «logias» religiosas preconciliares. Las
publicaciones católicas contribuyeron a la construcción de ese imaginario en
la opinión pública, articulándose con aquéllos grupos cívico-militares. Veamos
algunos casos.
Cuadernos del Sur, una publicación
mensual chileno-argentina, representó una posición confesional, conservadora e
integrista[12]. En su consejo de redacción figuran
Mario Díaz Colodrero y Carlos Mendioroz, miembros del Opus Dei y fundadores del «Ateneo de la República» en 1962,
organización que proveyó tres ministros al General Juan Carlos Onganía: Díaz
Colodrero, Costa Méndez y Mazzinghi. Cuadernos
del Sur, aunque veladamente, era una publicación del Opus Dei, una organización católica española llamada en Francia «La
Santa Mafia»[13], a la que estaban vinculados no sólo
sectores oligárquicos, sino también sindicalistas como el dirigente de Luz y
Fuerza, Juan José Taccone[14]. Del Opus
Dei era también la Editorial Pomaire S. R. L., inscripta en Argentina en
1965 y cuyo representante en el país fue Nicanor Costa Méndez, tristemente
recordado Canciller de Onganía y luego, durante la Guerra de Malvinas, del
Gral. Leopoldo Fortunato Galtieri.
Ulises es una revista católica
ultramontana que llega, en agosto de 1966, a ver en los ministros y secretarios
de Onganía a socialcristianos salidos del Colegio jesuita del Salvador, del
CIAS (Centro de Estudios y Acción Social, también de los jesuitas) y del
Instituto Di Tella, además de desarrollistas frigeristas. Para Ulises esa es la izquierda católica,
que se ha enquistado en el régimen de Onganía. Ulises es una publicación cercana al pensamiento ultranacionalista
y antisemita del padre Julio Meinvielle, del escritor Gustavo Martínez Zuviría
(Hugo Wast) y de Jordán Bruno Genta (recordado «filósofo» de las FF. AA.,
especialmente de sectores de la Fuerza Aérea).
Otra
publicación de esa tendencia es De este
tiempo que (como Ulises, Presencia, Cruzada y Verbo) tildará
de anticlericales a quienes desean «aggiornarse» colocándose, con las
enseñanzas del Concilio Vaticano II, al ritmo de los tiempos. De este tiempo sostiene una posición
preconciliar de acomodamiento al statu
quo.
La
revista Presencia pertenece al
sacerdote (para Gregorio Selser "indescriptible"[15]) Julio Meinvielle, al que podríamos
calificar como fascista católico, autor de una curiosa y peregrina teoría
satánica de la historia según la cual se conjugan siniestramente el
capitalismo, el comunismo, la masonería y el judaísmo. La revista Presencia, por algunas épocas quincenal,
descreyendo de la democracia, representa el pensamiento teórico integrista
formulado con firmeza en los números editados entre 1958 y 1961[16]. Meinvielle creía, ya desde los años 30,
en un inminente derrumbe de las formas democráticas de gobierno; como tal,
había sido el principal referente teórico del nacionalismo restaurador[17]. Ya que nos va a interesar por su
resignificación en los 60, cabe recordar que orientó dos organizaciones,
«Baluarte» y «Restauración», entre 1933 y 1941, a los que perteneció Marcelo
Sánchez Sorondo (y también César Pico, Jordán Bruno Genta, Ezcurra Medrano,
Llambías, Gustavo Martínez Zuviría, entre otros). Esos y otros grupos
nacionalistas compartieron algunas características comunes: el tradicionalismo,
el elitismo y el culto del líder, la idealización de la Edad Media, la
modernidad como decadencia y la imagen del enemigo (los judíos, los comunistas,
los masones)[18].
El
grupo ultraderechista Cruzada poseyó
una publicación de idéntico nombre, que nombra un emprendimiento de
reminiscencias típicamente medievales. Con motivo del Plan de Lucha de la CGT,
de agosto de 1965, el 18 del mismo mes Cruzada,
en una solicitada, trata de comprobar el parentesco y las coincidencias entre
la CGT y el marxismo. Allí se describen los hechos con términos, y con las
caracterizaciones, de una guerra santa; y se sostiene que "la Iglesia Católica enseña que los verdaderos amigos del pueblo
son los tradicionalista"[19]. Con otra solicitada, en septiembre del
mismo año, responden grupos católicos (algunos de la Universidad Católica
Argentina) de tendencia más progresista[20]. En esa oportunidad pudo evidenciarse
la influencia mutua de opinión entre Cruzada
y el rector de la UCA, el derechista obispo auxiliar de La Plata, Monseñor Octavio
Nicolás Derisi. En efecto, por la ordenanza XXIV del Consejo Superior de la
UCA, Derisi prescribe la prohibición de toda declaración pública de cualquier
grupo de la Universidad Católica sin su expresa autorización. Y de paso, avala
la posición de Cruzada.
Tempranamente, desde 1956, escribe en Cruzada (publicación dirigida por
Federico Ezcurra y Cosme Beccar Varela Jr.) un personaje que luego será,
durante la dictadura de Onganía, Director de Provincias de la Secretaría de Gobierno
(a cargo de Mario Díaz Colodrero), el Dr. Jorge Nicolás Labanca. Labanca ve en
la Revolución Francesa, antes que en la Rusa, la cuna de todos los males
presentes y futuros de la humanidad. En diversos artículos se ha destacado como
teórico integrista, tanto en Cruzada
como en Presencia[21], admirando el orden medieval,
ilusionándose con la «virilidad» del fascismo y con el falangismo y
descreyendo, por supuesto -como Lugones en otras épocas-, de la democracia
«liberal».
A
esta altura, las conexiones entre los preconciliares, ultranacionalistas y
antiliberales, es notoria. Se ha consolidado a través de dos «logias»: el
«Ateneo de la República» y «La Cité Catholique» en Argentina. Sin embargo, la
figura de Álvaro Alsogaray como mentor y hacedor (con su hermano el Gral. Julio)
del golpe del 66 contra Arturo Illia, precipitó entre los preconciliares la
definición de posiciones y, dentro del mismo gabinete del nuevo gobierno, las
contradicciones entre posiciones nacionalistas antiliberales en lo político,
por un lado, como las del ministro del Interior Guillermo Borda o el secretario
de Gobierno Mario Díaz Colodrero, y ultracipayas (liberales) en lo económico,
por otro, como las de Alsogaray y el ministro de Economía Adalbert Krieger
Vasena. Merecerá, en este contexto, una mención aparte la posición política
nacionalista y defensora de la economía nacional de la revista Azul y Blanco, dirigida por Marcelo
Sánchez Sorondo.
Otro
capítulo entre las publicaciones y personajes preconciliares lo merece la
revista Verbo, del grupo
ultracatólico «La Cité Catholique», que se conformó en Francia en los 40
promoviendo un nuevo orden de
carácter corporativo. En Argentina, este grupo que tendrá una clara relación
con el Onganiato, edita Verbo desde
1959. Verbo procura actuar desde una
ortodoxia doctrinaria orientada a la acción social, como enlace entre
organizaciones católicas y políticas, adoptando posiciones francamente
integristas. Su mentor es el padre Jorge Grasset, francés radicado en Argentina
desde 1962, que fue asesor espiritual de los generales de la rebelión argelina
y luego de los «requetés» en España, es decir, de la extrema derecha. Admirador
del autoritarismo de Franco, es además corporativista y defensor del Orden Social Cristiano.
En
Verbo muchas veces se reproducen artículos
de la revista Verbe, edición original
francesa que se inspira en el pensamiento ultraderechista de Jean Ousser y
Charles Maurras. Su actitud preconciliar lleva a este grupo a desafiar el aggiornamento preconizado a partir de
Juan XXIII.
Al
momento del golpe del 66, la conducción del grupo la ejerce el Ing. Mateo
Gorostiaga, que será ministro de Onganía y, en un segundo lugar, el coronel
Juan Francisco («Tú») Guevara, que será nombrado Embajador en Colombia. El
compromiso del grupo con el golpe y con Onganía lleva a que Grasset rompa
relaciones con Guevara[22]. Seguramente participaban del grupo Verbo los generales Eduardo Señorans
(jefe de la SIDE), Francisco Ímaz (gobernador de Buenos Aires y ministro del
Interior) y Conessa. El grupo tiene la particularidad de ser preconciliar y
neofascista en lo sociopolítico, pero partidario del statu quo capitalista en lo económico. Suscribe, y alimenta, la
intención de los generales de Onganía de "poner
el país en orden de una buena vez" preconizando un nuevo orden social cristiano.
El
grupo fue acompañado, además, por la «Obra de Cooperadoras Parroquiales de
Cristo Rey», constituida por sacerdotes y laicos enrolados en la derecha
preconciliar. Entre 1965 y 1966, Verbo
trabó relación con personajes que habían participado de los «Cursillos de
Cristiandad», especialmente militares como Lanusse (verdadero propulsor del
«cursillismo» dentro del Ejército), Onganía, Martínez Zubiría y Señorans[23]. Por este lado tenemos que ver una de
las aristas de la relación entre el Onganiato y el «cursillismo», un movimiento
también de origen francés que sirvió de punto de reunión entre militares y
civiles. Los cursillistas realizaban retiros espirituales en estancias o
edificios aislados (como fueron los de Gándara y La Montonera) y reuniones llamadas «ultreyas», donde se apelaba,
por vía de una desestructuración en la sensibilidad, a la confusión entre
religión y política basada en el pensamiento corporativista o ultraderechista.
De los Cursillos participaron los futuros funcionarios del general cursillista
Onganía: Jorge Salimei (Economía), Roberto Petracca (Bienestar Social), Gorostiaga
(Promoción y Asistencia a la Comunidad), Señorans (SIDE), Enrique Martínez Paz
(Interior), Nicanor Costa Méndez (Relaciones Exteriores); miembros de la
Suprema Corte de Justicia como Borda y Cabral; gobernadores como Roberto
Avellaneda (Tucumán), Carlos Caballero (Córdoba) y el general Ímaz (Buenos
Aires), además del futuro jefe del Ejército y Presidente de la Nación Alejandro
Lanusse, entre otros.
Ya
por esta época, pasan a formar parte del lenguaje político términos eclesiales
que adquieren un significado ideológico derechista, y que están todos ligados a
la tendencia tradicional preconciliar, como «cursillos de cristiandad», «cursillistas»,
«Cooperadores parroquiales de Cristo Rey», «Opus Dei», «comunitarismo»,
«integrismo», «orden natural» y otros, que se reflejan en crónicas y debates
de publicaciones como Primera Plana, Análisis y Confirmado.
Nos
queda otra revista que refleja, con matices diferenciados, el pensamiento
preconciliar y que, por épocas, tuvo un público más numeroso entre los católicos.
Nos referimos al semanario Esquiú,
dirigido por el padre Agustín Luchía Puig. Dos significativas interpretaciones
de Esquiú, que siempre mantuvo una
posición clerical más católica y anticomunista, ponen de manifiesto su
ideología: cuando la Universidad Nacional es intervenida en 1966, Luchía Puig
titula el hecho de esta manera: "Cayó
la Mafia", y cuando se suscita el problema de la intervención de
EUDEBA califica a la editorial de "bolche"
y de "filocastrista", atendiendo
a sus catálogos[24].
Azul y Blanco, semanario dirigido por
Marcelo Sánchez Sorondo, es la única publicación que, si bien enrolada en la
derecha y en cierto sentido preconciliar, defenderá abiertamente los intereses
de la economía nacional frente a los avances de Alsogaray y Krieger Vasena y,
por lo tanto, a los embates del capitalismo del norte o internacional. Podría
decirse que, en este sentido, adopta una posición antiimperialista.
Conviene
recordar que Sánchez Sorondo sostuvo, ya en los 40, que el derecho de las
minorías fuertes se encuentra muy por encima de las demandas de las minorías
débiles. La política, para Sánchez Sorondo, es un asunto de pocos, de los
mejores, que deben ser reconocidos como jefes[25]. Por su parte, Máximo Etchecopar, que
fuera secretario de redacción de Azul y
Blanco, fue presidente del «Ateneo de la República» a principios de 1966[26] y
luego Director del Instituto del Servicio Exterior de la Nación durante el
gobierno de Onganía.
Con
motivo de la intervención a la Universidad, Azul
y Blanco sentenció que Hilario Fernández Long (por entonces Rector de la
UBA) era un "idiota útil"
del marxismo y afirmó que la «Noche de los Bastones Largos» justificaba y daba
vida a la «Revolución Argentina». Además, arremetió contra los cuarenta profesores
de la Universidad Católica Santa María de los Buenos Aires que repudiaron la
intervención en nombre del derecho a la libertad de pensamiento y de expresión
dentro de las cátedras, del principio de autonomía universitaria y de la no
discriminación por razones ideológicas. Para la publicación de Sánchez Sorondo,
esos profesores sólo defienden el derecho de los comunistas a ocupar las
cátedras del Estado.
En
junio de 1967, Azul y Blanco
expresará su preocupación por el clericalismo militar en Argentina. Diversos
hechos, pero en especial el perfil liberalizante (entreguista) de la política
económica, llevan a que Azul y Blanco
adopte una opinión contraria al gobierno de Onganía. Pero la defensa de lo
nacional frente a la entrega los lleva al equívoco (común en Sánchez Sorondo)
de asociar lo judío con lo antinacional, asumiendo una posición antisemita.
Gregorio Selser recuerda a Marcelo Sánchez Sorondo, conocido por su devoción
católica, que quienes promueven la entrega son muchos católicos de comunión
diaria enquistados en el gobierno[27]. Por otro costado, Sánchez Sorondo en su
publicación[28] se
pronuncia contra la Ley Anticomunista del ministro Borda, pero porque considera
que la represión del comunismo lo alimenta ya que alienta un giro de la opinión
pública hacia la izquierda (especialmente cuando esa represión está unida al
sometimiento por parte del gobierno a los intereses internacionales del dinero).
Sin
dudas que de todas las publicaciones mencionadas, Azul y Blanco es la más seria en la expresión de un análisis
político de la época, desde un marco nacionalista católico. La denuncia
persistente de los equívocos del régimen y la crítica a la ambigüedad de los
mandos militares en la «revolución»[29], lleva a que Onganía clausure esta
publicación en octubre de 1967. Para Sánchez Sorondo, que alentó y apoyó el
golpe del 66, no cabe duda: las cosas están como están porque los que
orientaron la «Revolución» son, en realidad, el Gral. Julio Alsogaray
(Comandante en Jefe del Ejército) y el Ing. Álvaro Alsogaray (Embajador en EE.
UU.).
El
carácter corporativista de la tendencia preconciliar, como es notorio, alcanzó
uno de sus puntos máximos en la vinculación con el Vicariato Castrense, el cual
encaró una fuerte promoción del nuevo
orden y, más adelante ya en «los 70», un activismo militante en la
persecución y delación de sectores, cristianos o no, populares de izquierda, y
en el encubrimiento y complicidad con la reacción neofascista que cristalizó en
el genocidio llevado a cabo por el autodenominado «Proceso de Reorganización
Nacional».
La
más fuerte cohesión entre la Iglesia y el Estado durante el Onganiato estuvo
representada principalmente por el pre(anti)conciliar Vicariato Castrense. En
los 60, el Vicariato fue ejercido por el Cardenal Antonio Caggiano y luego por
monseñor Adolfo Servando Tortolo, asesor en los 40 de la Juventud de Acción
Católica (JAC) y luego obispo de Catamarca y finalmente arzobispo de Paraná. El
Vicario Castrense Tortolo inspiró una publicación del seminario arquidiocesano
de Paraná, la revista Mikael, que
contribuyó a la configuración de una mentalidad ultraconservadora y
anticonciliar entre los sectores del clero. Cabe recordar que entre 1976 y
1978, Tortolo fue el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina,
cómplice del genocidio[30]. Provicario fue, durante años, monseñor
Victorio Bonamín, quien durante años contribuyó a elaborar una doctrina seudorreligiosa
que concebía al catolicismo como ideología nacional, sustentando el ejercicio
del poder político por las FF. AA. y la utilización de cualquier medio para
lograr sus fines[31].
3/ La
tendencia posconciliar y sus
principales medios gráficos en la década del '60
La
tendencia posconciliar en la Iglesia
argentina nace a partir de dos cuestiones externas: el Concilio Vaticano II (1962-1965) y los documentos que de él emanan
(en 1965), por un lado, y el creciente aggiornamento
de otras iglesias latinoamericanas y el definido compromiso con los sectores
populares y el reclamo y la práctica por lo que va del «desarrollo» a la
«liberación» en muchas de ellas. De todos modos, no es hasta el Onganiato que
la Iglesia argentina comienza a definir una tendencia auténticamente
posconciliar. Esta tendencia, en muy poco tiempo, va a contener y conformar, a
su vez, dos líneas que paulatinamente van a diferenciarse: una línea que
podemos denominar renovadora y
propulsora de ideas de «desarrollo» y, del mismo seno de ésta, otra que
llamaremos popular y que se inscribe
en la búsqueda de la «liberación»[32]. Esa diferenciación comienza a
definirse con la distancia que toman algunos obispos, y luego sacerdotes y
laicos, con el régimen de Onganía (en 1966), se profundiza durante el Onganiato
y culmina con hechos producidos en épocas del Cordobazo (en 1969), alcanzando
en esos momentos su mayor nitidez.
Entre
otras, dos publicaciones vienen a representar los inicios de una tendencia
posconciliar: la revista Criterio,
muy ligada a intelectuales moderados o desarrollistas católicos y a la Facultad
de Teología de la UCA, de Villa Devoto, y la revista CIAS del organismo homónimo: Centro de Investigación y Acción Social,
de los sacerdotes de la Compañía de Jesús (jesuitas). Cabe recordar que, en
esta época, mucho del proceso interno de la Iglesia respecto del poder político
pasa por el enfrentamiento entre el Opus
Dei y la Compañía de Jesús.
A
diferencia de las publicaciones preconciliares (salvo el semanario Esquiú) estas revistas están dirigidas
por sacerdotes y pueden considerarse publicaciones teológicas y de reflexión
de la realidad nacional o latinoamericana desde una óptica que abreva en la
Doctrina Social de la Iglesia específicamente posconciliar. De similares
características, pero de consumo reducido a los estudiosos de la teología
posconciliar en el país (sacerdotes, obispos y unos pocos laicos), circula una
revista que se publica en Europa en su versión en español desde las épocas del
Concilio: la revista Concilium, donde
se reflejan los grandes debates teológico-pastorales y las más significativas
líneas de renovación a nivel de la Iglesia mundial.
La
revista Criterio[33], publicación quincenal por entonces (en
la década del 60) dirigida por el padre Jorge Mejía (primo del obispo de
Neuquén, Jaime de Nevares, distinguido profesor de exégesis bíblica en la
Facultad de Teología de Villa Devoto y actualmente, en los 90, secretario del
Papa Juan Pablo II), acompañó y, por momentos, promovió los procesos de
renovación de la Iglesia argentina en los 60. En la revista Criterio, donde en ocasiones escribiera
el joven abogado Mariano Grondona, el sociólogo José Miguens, el historiador
Carlos Floria, los sacerdotes Artiles o Rossi (luego «tercermundistas») y los
principales teólogos del momento o especialistas en doctrina social católica,
entre otros, reflejó el complejo proceso de cambio en la Iglesia. Desde el
inicio de la década, Criterio opinó
acerca de los acontecimientos políticos pero, fundamentalmente, abrió el debate
dentro de la Iglesia y reflejó el debate producido a propósito de los acontecimientos
políticos. Cabe señalar que, a diferencia de otras publicaciones católicas, Criterio -así como la revista del CIAS- tuvo un excelente nivel (idéntica
diferencia había existido entre las publicaciones nacionalistas católicas de
la Década Infame y Criterio en ese
período). Como tal, ha sido la revista católica de interés general de mayor
independencia y gravitación en la opinión pública[34]. A veces refleja y adopta posiciones
desarrollistas y se constituye en escenario de reconocidos estudiosos sobre el
desarrollo. En otras ocasiones, realiza un seguimiento de las actitudes de
franco compromiso sociopolítico de religiosos o de iglesias particulares
latinoamericanas; en especial, en los primeros años de la década, de los
cambios y decisiones de alcance social de las iglesias de Chile y Perú. Leyendo
la revista Criterio de la década del
60 es posible seguir, considerando su mirada católica renovada, la historia
política de nuestro país paso a paso.
Al
comenzar la década, algunos fenómenos vinculados a la resistencia peronista,
como la aparición del grupo Uturunco
(en diciembre de 1958), luego el puente entre el peronismo radicalizado y el
proceso revolucionario cubano (puente que pretende tender John William Cooke a
su regreso de Cuba, en 1963) y, entre medio, el triunfo del viejo socialista
Alfredo L. Palacios en febrero de 1961 con votos de peronistas de izquierda,
iban haciendo realidad la idea de una revolución socialista de carácter
nacional. En esos momentos, Criterio
muestra preocupación por la creciente credibilidad y fascinación del fenómeno
revolucionario[35]. Criterio
había alertado en 1959 sobre los peligros de la infiltración marxista en
Argentina, sobre todo en la Universidad[36]. Sin embargo, la revista del padre Mejía
es una muestra elocuente de las dificultades casi insuperables para mantener
una posición estable frente a los 60 y, menos aún, para hacer que esa posición
no concluyera girando en torno a alguna de las polarizaciones de la época[37]. Cabe recordar que, por ejemplo, en el
66, por la posición adoptada frente al gobierno de Onganía (a poco de
comenzar) y a la «Noche de los Bastones Largos», los católicos preconciliares y
en particular el semanario Esquiú, atacaron
a Criterio y a su director Jorge
Mejía por tener veleidades marxistas[38].
Con
respecto al onganiato, Criterio
tampoco adoptó una mirada estable o monolítica. Antes del golpe de Onganía,
Mariano Grondona y Carlos Floria, de modos similares, sostienen que las fuerzas
armadas constituyen una instancia de reserva del sistema[39]. Grondona afirma que "el país espera un Moisés porque vislumbró
la tierra prometida y se encuentra muy lejos de ella"[40], ya que -según declara Floria en Criterio- "la tregua se ha quebrado y el país se aproxima a otro torbellino"[41]. En el momento de crisis más profunda
del onganiato, por otra parte, ha sido notable el espacio que otorgó Criterio para publicar las condenas a la
brutal represión del Cordobazo, como la formulada por monseñor Alberto Devoto,
obispo de Goya[42].
En
otro orden de cuestiones, la revista Criterio
seguirá de cerca las secuencias del diálogo que se abre entre católicos y
marxistas. El registro de las alternativas de ese diálogo resulta clave en
esta publicación desde el comienzo de los 60[43]. Un diálogo que, en el campo de la
filosofía, promoverá Conrado Eggers Lan[44]. Por el pensamiento de Eggers Lan ha
circulado la idea de que la lucha de clases no es un enfrentamiento del hombre
contra el hombre, sino de los hombres contra las estructuras que los enajenan.
Esa noción, que va a ser nominada con el término «liberación», comenzó por
entonces a formar parte del sentido común de muchos católicos.
Criterio ha reflejado el pensamiento que
enfrenta tanto al capitalismo liberal como al comunismo[45]. Adscribe al desarrollismo, pero a la
significación del desarrollo que contiene la célebre frase del Cardenal Feltin:
"El desarrollo es el nuevo nombre de
la paz", y que enarbola en América Latina el obispo de Olinda y Recife
(Brasil), Dom Helder Cámara[46]. Ha sido una revista que ha denunciado
consecuentemente (aunque con altibajos durante el Proceso del 76 al 83) al integrismo
católico. ¿Por qué, entonces, la ubicamos en la línea renovadora de los posconciliares?. Porque cuando se precipitan los
acontecimientos de definición nítida de posiciones en la segunda mitad de la
década del 60, desde Criterio el
padre Mejía (un intelectual aristocrático) propone un equilibrio entre la
extrema derecha preconciliar y el izquierdismo del «Movimiento de Sacerdotes
para el Tercer Mundo», en una línea más liberal. Criterio termina la década representando a un centro liberal cristiano[47].
El
comienzo de las actitudes públicas renovadoras de los obispos argentinos debe
buscarse en el distanciamiento de éstos con Onganía, lo que contribuía a
aclarar la distancia entre la Iglesia y el Estado, posición típica de la línea
renovadora. Son unos quince obispos los que se pronuncian en este sentido en
la segunda mitad del año 1966. El distanciamiento comienza con un documento
del, por entonces, obispo de Nueve de Julio, monseñor Antonio Quarracino, donde
afirma -en nombre del Concilio- que los católicos que están en el gobierno de
Onganía son Iglesia, pero no son la Iglesia. La cuestión continúa con un
documento del arzobispo de Corrientes, monseñor Francisco Vicentín, donde
afirma que "el clero no es una
agencia de colocaciones" en el gobierno y llama a los católicos a "no frecuentar en demasía los despachos
oficiales". Luego de otras expresiones de obispos como monseñor
Moisés Blanchoud, de Río Cuarto, Carlos Caferatta de San Luis, Brasca de
Rafaela y otros, el distanciamiento culmina con la supresión de los aranceles
oficiales en su diócesis por parte del obispo de Goya, monseñor Alberto Devoto,
y la opción de éste por hacer votos de pobreza, para ser pobre con los pobres.
Sin embargo, el más popular representante de la renovación fue el obispo de
Avellaneda, monseñor Jerónimo Podestá, que ya era conocido por la experiencia
en su diócesis de los «curas obreros». Podestá, unos años más tarde, será uno
de los más fervientes difusores de la Populorum
Progressio, encíclica del Papa Paulo VI que dará un espaldarazo a la
conformación de la línea popular.
Cabe destacar que en la línea renovadora encontramos desde un obispo como el de
Tucumán, monseñor Juan Carlos Aramburu (luego arzobispo de Buenos Aires y
Cardenal Primado de Argentina) hasta otro como el obispo auxiliar de La Plata y
renovador del Seminario arquidiocesano (que luego será obispo de Mar del Plata
y secretario de dos Papas), monseñor Eduardo Francisco Pironio.
La
revista del CIAS (en realidad un
boletín mensual del Centro de Documentación de ese organismo) representa la
posición de los jesuitas referida a los problemas sociopolíticos vistos desde
la perspectiva de la renovación teológica, pero también representa un hito en
el trabajo sociológico católico de avanzada. El director del Centro de
Investigación y Acción Social de la Compañía de Jesús fue el padre Alberto
Sily, quien participara activamente del «concilio» de Chapadmalal en junio de
1966. En ese encuentro participaron unos setenta sacerdotes, entre ellos el
jesuita Justino O'Farrell, del Departamento de Sociología de la UCA, y el padre
Lucio Gera, destacado profesor del Seminario de Villa Devoto (decano de la
Facultad de Teología en los 70), uno de los más notables teólogos de lo que
será la línea «popular», y candidato frustrado a suceder al cardenal Caggiano
como arzobispo de Buenos Aires, a fines de los 60, quizás por razones
políticas. El «concilio» de Chapadmalal es considerado uno de los antecedentes
directos de la creación del «Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo». El
padre Sily, junto con el padre Justino O'Farrell, ambos profesores de
Sociología de la UCA, fueron los primeros sancionados por el rector, monseñor
Derisi, debido a su público repudio a la «Noche de los Bastones Largos». Todo
esto significa que, si bien la revista del CIAS
puede tener un momento renovador, los acontecimientos políticos llevarán a ese
organismo a desplazarse hacia la línea popular, en especial en el planteamiento
del compromiso de la Iglesia en el mundo, en las cuestiones temporales, frente
a los problemas sociales del pueblo argentino.
La
vitalidad de la revista del CIAS,
siempre de escasa circulación y restringida a ámbitos intelectuales o eclesiásticos,
comenzó a principios de los 60. Por entonces, es digno de recordar el trabajo
del jesuita Antonio Donini, quien publicó un análisis sociológico pastoral de
la misión de Buenos Aires de 1960[48], que provocó la ira del cardenal
Caggiano y de su obispo auxiliar Guillermo Bolatti (luego arzobispo,
preconciliar, de Rosario). Esa vitalidad del CIAS decaerá hacia 1977, luego del exilio del padre jesuita Vicente
Pellegrini, que escribió un artículo titulado "Los derechos humanos en el presente contexto sociopolítico de la
Argentina"[49], que reprodujo La Opinión (de Jacobo Timerman) en febrero de 1977, cuestión que le
valió la clausura del diario. En la declinación del CIAS incidirá, además, la creciente influencia entre los jesuitas
a partir de entonces del padre Jorge Bergoglio, actual arzobispo de Buenos
Aires y Cardenal Primado de la Argentina.
Pero,
¿cuáles son las más significativas diferencias entre la línea renovadora y la línea popular de los posconciliares?. Para
precisar estas diferencias, y compararlas también con la tendencia
preconciliar, sugerimos ver el Cuadro comparativo de tendencias en la Iglesia
argentina en el período considerado, que incluimos a continuación.
|
|
Tendencia
|
Tendencia
|
posconciliar
|
|
|
preconciliar
|
Línea renovadora
|
Línea popular
|
|
Visión
de
la realidad
|
La realidad les
espanta; los cambios los desconciertan. Ven desorden, caos y crisis moral.
El cambio social es una pérdida de los valores
cristianos, por lo que el pueblo está padeciendo una crisis moral.
Los conflictos sociopolíticos son vistos como
morales. Las soluciones pasan por el diálogo entre los gobernantes y los
gobernados.
|
Escaso énfasis en
destacar la situación en que se vive. Si se la menciona, se lo hace sólo
desde el punto de vista teórico.
La realidad es un lugar de aplicación de las
Encíclicas o las líneas teológicas progresistas europeas.
Destacan la importancia del cambio social
relacionado con el cambio de mentalidad. Se soslaya el campo de la lucha por
el poder.
|
Contacto con los más
débiles y marginados. Procuran ser la voz de los que no tienen voz,
acompañando la praxis popular para reivindicar sus derechos.
La realidad es conflictiva y el nudo de su
análisis es la injusticia, la desigualdad y la miseria, captadas desde la
sensibilidad.
Aparecen términos como «opresión» y
«explotación». Se alude a la violencia de los opresores y se denuncia esa
situación.
|
|
La Iglesia
|
Los conflictos en su
seno son parte de la crisis moral. Defienden la autoridad eclesial frente a
las actitudes que significan un «abandono de la Verdad». Propugnan la
restauración del concepto de obediencia: a la jerarquía le corresponde
anunciar la Verdad y a los súbditos cumplirla. Debe buscarse la mutua
colaboración con el poder político y económico. Su misión es estrictamente
espiritual y moral.
|
Insisten en la
necesidad de separación entre la Iglesia y el Estado. Sus fuentes son los
filósofos y teólogos franceses, en especial Jaques Maritain e Yves Congar.
La Iglesia tiene una función de crítica frente
a la sociedad, conjugada con el llamado a la conversión personal.
Adoptan posiciones neutras y universalistas y
rechazan una «opción por los pobres».
|
Asumen que la
Iglesia está en conflicto, lo que redefine la misión sacerdotal. En una
actitud de búsqueda, suelen respaldar al «Movimiento de Sacerdotes para el
Tercer Mundo».
La crítica abarca a los poderes establecidos,
fuera o dentro de la Iglesia. La Iglesia está inmersa en los problemas
temporales y debe hacer una «opción por los pobres».
|
|
Justificaciones
|
Se justifican en la
«realidad trascendente» (la vieja Civitas
Dei): los sectores de la realidad mundana deben integrarse a la Verdad
superior. Es fuente la doctrina previa al Concilio.
La redención de Cristo no es la liberación de
la injusticia, la pobreza y el dolor.
|
Las encuentran en la
filosofía personalista.
También en el Magisterio de la Iglesia
universal: en el Concilio Vaticano II, las Encíclicas y los Sínodos romanos,
más que en Medellín e, incluso, que en la Pupulorum Progressio.
|
La reflexión
teológica de la liberación (Enrique Dussel, Gustavo Gutiérrez, etc.) y, en
Argentina, la «teología del pueblo» (Lucio Gera, Arturo Paoli, etc.), donde
la justificación más significativa es la praxis de acercamiento concreto al
pueblo oprimido.
|
|
Obispos represen-tantes
|
Caggiano (Bs. As.),
Tortolo (Paraná), Plaza (La Plata), Derisi (auxiliar de La Plata y rector de
la UCA), Bolatti (Rosario), Castellanos (Córdoba), Buteler (Men-doza), Medina
(Jujuy), Esorto (Bahía Blanca). Los Nuncios Mazzone y Zanini.
|
Quarracino (Nueve de
Julio), Aramburu (Tucumán), Primatesta (Córdoba), Blanchoud (Río Cuarto),
Pironio (Mar del Plata, aunque desplazado a la línea popular), Marengo
(Azul), Kémerer (Posadas).
|
Podestá
(Avellaneda), Angelelli (La Rioja), De Nevares (Neuquén), Di Stéfano (Roque
Sáenz Peña, luego desplazado a la derecha), Devoto (Goya), Caferatta (San
Luis), Brasca (Rafaela). En los 70, también Hessayne (Viedma) y Novak
(Quilmes).
|
4/ Entre
el '66 y el Cordobazo: la articulación de la línea «popular» y los medios de
comunicación
La
línea «popular» dentro de la Iglesia católica argentina tiene sus antecedentes
remotos en la experiencia de los «curas obreros», que prefigurarán lo que
constituirá la definición más acabada de la línea «popular»: la corriente
tercermundista. La experiencia de los «curas obreros» se inicia en Argentina a
mediados de la década del 50, por influencia no sólo de las experiencias realizadas
en Francia desde los años 40, sino también del proceso político nacional que
giró alrededor del gobierno peronista y, desde el 55, de la proscripción del
movimiento obrero. El movimiento de «curas obreros» estaba dirigido a
compartir la vida misma de los trabajadores peronistas y de los marginados en
la Argentina industrializada. Esto los llevó a trabajar en fábricas, a
participar de los conflictos laborales e incluso a involucrarse en las luchas
sindicales, en muchos casos. La experiencia de los «curas obreros» fue, sin
embargo, limitada: no fueron más de cien en el Gran Buenos Aires y otras
ciudades del interior del país, sobre un total de unos cinco mil sacerdotes en
toda Argentina (lo que significa un 2 % del total).
A
nivel latinoamericano hay al menos tres imágenes que influyeron en la
articulación de una línea «popular» en nuestra Iglesia nacional, a las cuales
se las puede identificar por nombre y apellido, como condensadoras de un
movimiento de vinculación entre la Iglesia y los sectores populares. A estas
tres imágenes cabe agregarles la del obispo de Olinda y Recife, Dom Helder
Pessoa Cámara, que luego consideraremos como antecedente del «Movimiento de
Sacerdotes para el Tercer Mundo».
La
primera imagen es la del obispo de Talca, Chile, Don Manuel Larrain Errázuris,
quien a principios de los 60 permitió (y alentó) distribuir las tierras
pertenecientes a su diócesis entre los campesinos carentes de ellas. Con esa
actitud, Larrain inició un movimiento de reforma agraria espontáneo y en pequeño
en Chile, acontecimiento que se repitió por esa época en algunas zonas de Perú.
Monseñor Larrain contó con el apoyo del cardenal Raúl Silva Henríquez, recordado
defensor de los derechos humanos (a través de la famosa «Vicaría de la Solidaridad»)
durante la férrea dictadura del general Augusto Pinochet Ugarte. En 1962,
Larrain y Silva Henríquez promovieron la célebre pastoral El deber social y político de la hora presente, que marcó un hito
en la Iglesia latinoamericana, ya que en ella se atribuyó la injusticia y el
hambre a la mala distribución de la riqueza y a situaciones de privilegio, se
denunció el orden social injusto como consecuencia del sistema capitalista e
individualista y se convocó a llevar a cabo la reforma agraria.
La
segunda es la imagen del obispo de Veraguas, en la selva de Panamá, Don Marcos
MacGrath, uno de los más jóvenes miembros del episcopado latinoamericano (de
unos 40 años al inicio de la década), quien sostiene la inseparabilidad de las
transformaciones socioeconómicas estructurales con la construcción del Reino
de Dios. Por eso es acusado de subversivo y de intelectual marxista. Para él,
la búsqueda de hoy no es tanto la búsqueda de Dios, sino de la justicia y el
progreso de los pueblos oprimidos. Es recordada su mediación entre los
nacionalistas panameños y las tropas norteamericanas del Canal de Panamá en el
conflicto de enero y febrero de 1964; lo que le valió que perdiese la
posibilidad de ser designado arzobispo de Panamá. También se recuerda su
denuncia del imperialismo mediático: si bien el desarrollo es el nuevo nombre
de la paz, no hay que promoverlo sólo para que el hombre lea tiras cómicas y
pase horas frente al televisor, porque esto significaría no haber alterado
nada.
La
tercera imagen es la del sacerdote bogotano Camilo Torres Restrepo, quien en
1964 (a los 35 años) se une a las guerrillas de Colombia porque los que tienen
hambre de pan, de justicia y de humanidad no pueden ya esperar. Camilo Torres,
imagen del activismo cristiano, muere en combate en 1966. Camilo pone de
manifiesto, con su actitud militante, cuáles son las consecuencias de las vacilaciones
de la Iglesia y cuáles los compromisos posibles con los procesos revolucionarios
que superen el desánimo y el abandono de los cristianos frente a la situación
de opresión de los pueblos latinoamericanos.
La
línea «popular», en definitiva, se precipita con el onganiato. En octubre de
1966, el obispo de Olinda y Recife, Dom Helder Cámara, llega a la Argentina con
motivo de la X Asamblea Extraordinaria del CELAM (Conferencia Episcopal
Latinoamericana). Dom Helder se ha hecho famoso por denunciar la violencia del
hambre y por asumir la voz de los que no tienen voz. Amigo personal (y, para
algunos, consejero) del Papa Paulo VI, Cámara no pudo presentarse ni en un
programa de televisión en el que iba a participar, ni en la Catedral de Avellaneda
(cuya jefatura ejercía el obispo Podestá) porque el gobierno de Onganía lo
prohibió. Ese hecho fue altamente significativo y repercutió en el seno de la
Iglesia argentina, en especial entre algunos sacerdotes que auspiciaban su
presencia, entre ellos los padres Artiles, Rossi y Mugica.
Unos
días antes, en agosto de 1966, setenta y dos estudiantes universitarios del
Movimiento Integralista (orientado por católicos) se refugian en el templo
parroquial de Cristo Obrero de Córdoba e inician una huelga de hambre colectiva
(la primera de la historia argentina), como protesta por la detención del
estudiante Luis Alberto Cerdá, quien fuera herido por la policía, además de la
detención de 148 personas (médicos, enfermeras, estudiantes y enfermos) por
ocupar el Hospital de Clínicas donde Cerdá era atendido. A este acontecimiento
se suma otro en la provincia de Tucumán: el 9 de septiembre de 1966 los estudiantes
universitarios pretenden iniciar una huelga de hambre en la Catedral tucumana,
pero son dispersados por la policía.
Además
del seguimiento informativo por parte de la revista Criterio de todas estas experiencias y acontecimientos, es posible
mencionar a dos publicaciones que contribuyen a configurar el pensamiento de
la línea «popular»: la revista Sociología
de la UCA y la revista Tierra Nueva.
La
revista Sociología es el órgano de la
Asociación de Estudiantes de Sociología de la UCA y, como tal, asume la
defensa de la autonomía universitaria en la época de la «Noche de los bastones
largos» de 1966. Por dos escritos del brillante estudiante Juan José Llach
publicados en Sociología[51], este alumno es sancionado por el rector
de la UCA, Octavio Derisi (junto a otros dos excelentes estudiantes: Saguier y
Amadasi, pero por otros motivos vinculados con la defensa de la autonomía. El
primer escrito de Llach es una crítica a la ideología de la UCA, expresada con
motivo de su renuncia como delegado de la Comisión de Relaciones Exteriores de
la Asociación de Estudiantes de Sociología. El artículo lo remata afirmando que
"somos una universidad
espantosamente burguesa". El segundo escrito publicado por Sociología lleva por título "Camilo
Torres y los usos de la libertad". En él, Llach traduce el estado de ánimo
de muchos estudiantes católicos de la época, para quienes el martirio del cura
colombiano Camilo Torres se ha convertido en bandera porque, conmovido por la
injusticia y la inhumanidad del orden social y político vigente, asume una
actitud de compromiso ejemplar. Ante la sanción impuesta a Juan Llach, los
profesores de Sociología, encabezados por Miguens (director del Departamento),
piden que la suspensión sea revocada, como también las impuestas a Saguier y Amadasi.
Las autoridades de la UCA amenazan con borrar el Departamento de Sociología y
entonces Miguens renuncia a su cargo. Los hechos se complican por una
entrevista al padre Justino O'Farrell publicada por la revista Sociología[52], quien simboliza la actitud de
militancia social cristiana y de progresismo teológico y sociológico en la
época. La revista Sociología, según
especula Gregorio Selser, debe haber provocado muy diferentes posiciones entre
los obispos, quienes seguramente la recibían y la leían[53].
Por
su parte, la revista Tierra Nueva
también tuvo una importante difusión entre la jerarquía católica durante la
dictadura de Onganía. En ella participaron los sacerdotes Artiles, Juan José
Rossi (que también escribieron asiduamente en la revista Criterio), Jorge Pascale y el padre Carlos Mugica. Quizás por dos
actos públicos fue conocido Mugica. El primero fue una mesa redonda que debió
realizarse el 8 de octubre de 1966 en el teatro Santa María del Buen Ayre,
organizado por la Acción Católica Argentina y de la que debían participar
varios sacerdotes del grupo Tierra Nueva
(entre ellos el padre Pascale) y laicos, donde debatirían sobre "La
acción y personalidad de monseñor Helder Cámara"; la mesa redonda se
suspendió y Mugica fue golpeado por la policía. El segundo fue otra mesa
redonda prohibida por la policía, sobre "Iglesia y cambio en la
Argentina", que se realizaría en el Centro de Artes y Ciencias el 31 de
octubre del mismo año y de la que participarían, además de Mugica, la escritora
María Esther de Miguel, el ex rector de la Universidad Hilario Fernández Long y
el politicólogo Carlos Alberto Floria. La revista fue creada después de estos
episodios, pero con la marca de la persecución y la prohibición.
Tierra Nueva es una revista de lenguaje más
directo y menos intelectual que otras como por ejemplo Sociología. Está sostenida por un grupo de católicos, muchos de los
cuales participarán más adelante en el «Movimiento de Sacerdotes para el Tercer
Mundo». Han hecho un seguimiento y un acompañamiento de personajes como Dom
Helder Cámara y de procesos de transformación sociopolítica, ya que se
proponen formular nexos entre el pensamiento cristiano y los problemas
filosófico-sociales del mundo en esa época. Tierra
Nueva responde al padre Jorge Pascale, por entonces asesor nacional de la
JUC (juventud Universitaria Católica)[54]. De hecho, el hincapié hecho por la
revista en los aspectos sociopolíticos (más que en los confesionales) ya
encontraba asidero en la JUC, que adoptaba por ese entonces posiciones que
pueden caracterizarse como de «izquierda cristiana». El padre Pascale, desde
ese posicionamiento de la JUC, forma su propio grupo en torno a Tierra Nueva, con sacerdotes y laicos.
Precisamente ese hincapié en lo sociopolítico es lo que molesta al Cardenal
Caggiano, así como la actitud dialogal con otros sectores de pensamiento. En
efecto, el Cardenal censuró prematuramente al grupo de sacerdotes de Tierra Nueva: Alejandro Mayol, Pedro
Geltman, Rodolfo Ricciardelli, Manuel Artiles, Mugica y Pascale. Es que desde
el grupo Tierra Nueva, entre otras
cosas, se desarrollaba un diálogo entre católicos y marxistas que fue percibido
desde la SIDE como un «frente popular católico-comunista». Hacia el final de la
década del 60, Carlos Sacheri (de la revista Verbo) denunciaba en su libro La
iglesia clandestina, la infiltración del marxismo ateo en Tierra Nueva y en las revistas Panorama y Primera Plana. En realidad, la voluntad de la revista Tierra Nueva era alentar un proceso de
actualización de la Iglesia en ese momento histórico, confiando en la fe como
motor de la transformación de los hombres y la sociedad; y, para eso, se abría
al encuentro y el diálogo con otros sectores sociopolíticos con voluntad de
transformación.
Otras
revistas de la época contribuyeron a hacer pública tanto la pugna interna de la
Iglesia argentina y latinoamericana, como las diversas posiciones que la
Iglesia adoptaba frente a las situaciones sociopolíticas de esos momentos. Nos
referimos a publicaciones no confesionales, como por ejemplo: Primera Plana, Confirmado, Panorama, Inédito o Análisis. Por otra parte, en el quincenario Imagen del País y en el semanario uruguayo Marcha (prohibido en Buenos Aires) escribió o colaboró por esos
años el obispo de Avellaneda, monseñor Jerónimo Podestá. Como dato curioso y a
la vez significativo, en esos tiempos en Imagen
del País, y con el seudónimo de Descartes,
también colaboró Juan Domingo Perón.
Aparentemente
la «línea popular» se fue articulando en torno de los medios gráficos. Si bien
esto es cierto, debemos mencionar que también existió (sobre todo en dos
provincias eclesiásticas) un significativo papel de la comunicación
radiofónica en la configuración de la «línea popular». Nos referimos a los
casos de Goya (Corrientes) y La Rioja. Monseñor Alberto Devoto, obispo de Goya,
quien ya se había definido en contra de la participación católica en la dictadura
de Onganía, expresaba sus posicionamientos en una audición radial propia. A
través de esta audición Devoto radicalizó su posición con motivo del Cordobazo,
en mayo de 1969, manifestándose enérgicamente contra la represión y a favor de
los reclamos de justicia de los trabajadores y los estudiantes. Por su parte,
monseñor Enrique Angelelli, designado obispo de La Rioja el 11 de julio de
1968, denunciaba constantemente los abusos del gobierno a través de la radio y
en su misa radiofónica. Apoyaba a los peones rurales y a organizaciones sindicales
como la de Trabajadores Rurales (de Famatina) y la de Mineros (de Olta), así
como la creación de la CODETRAL (Cooperativa de Trabajo de Aminga). Esto le
valió, en 1971, la prohibición de su espacio radiofónico y de la misa transmitida
semanalmente por radio.
No
solamente los medios gráficos (confesionales o no) y algunos radiofónicos
contribuyeron a la configuración de la «línea popular» dentro de la Iglesia
católica argentina. También tuvo un papel clave la difusión masiva de los
nuevos Documentos de la Iglesia en la formación de opinión. Más allá de los
documentos menores (como declaraciones del episcopado o de algún obispo en
particular) de relativamente escasa circulación, publicados por la AICA (Agencia Informativa Católica de
la Arquidiócesis de Buenos Aires), o por el Boletín
Informativo de la COEPAL (Comisión Episcopal de Pastoral), y que reflejaban
desde las posiciones dominantes hasta las de oposición, fueron tres Documentos
de la Iglesia los que marcaron a fuego el ideario de la «línea popular». Nos
referimos a la Encíclica del Papa Paulo VI Populorum
Progressio, a los Documentos de la II Conferencia de Obispos
Latinoamericanos celebrada en Medellín (Colombia) y al Documento de la Asamblea
de los Obispos Argentinos de San Miguel. Coincidentemente, además, fueron
estos tres documentos los primeros en alcanzar una circulación y lectura masiva
entre las comunidades cristianas, en especial las vinculadas con el pensamiento
de renovación y popular.
La
Encíclica Populorum Progressio fue
promulgada el 26 de marzo de 1967. En ella Paulo VI denuncia los más graves
obstáculos puestos por los países poderosos para el desarrollo de los pueblos
pobres, y llama a producir transformaciones audaces y a emprender urgentes
reformas de la situación. En la Encíclica un punto que resultó clave en el
debate de la época: si bien el Papa rechaza la insurrección revolucionaria,
exceptúa de ese rechazo los casos en los que se atenta contra los derechos
fundamentales, dañándose peligrosamente el bien común de un país. Este punto
hizo que sectores del peronismo hicieran suyos los enunciados de la Populorum Progressio como impulso y
justificación de su accionar contra la dictadura. El mismo Leopoldo Marechal,
en abril de 1967, expresa que la Populorum
Progressio significa una sentencia de muerte para los gobernantes
argentinos, que proclamaron a gritos su fe católica[55].
Los
Documentos de Medellín, fruto de la
II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada del 26 de
agosto al 7 de septiembre de 1968, posee dos ejes que le dan dinamismo: por un
lado, la denuncia de las estructuras sociales injustas y de la opresión en
América Latina y, por otro, el llamado a la liberación latinoamericana a través
de la acción en diferentes ámbitos. En los Documentos
de Medellín se habla de concientización política, de las situaciones de
pobreza y opresión, de la necesidad de una educación liberadora, de la
violencia generada por las estructuras injustas; los obispos, incluso, afirman
que "no debe extrañarnos que nazca
en América Latina la 'tentación de la violencia' para superar la
injusticia"[56].
La
Declaración de San Miguel, como
conclusión de la Asamblea Episcopal Argentina realizada entre el 21 y el 26 de
abril de 1969, tuvo como propósito adaptar los Documentos de Medellín a la situación particular de la Argentina.
En la Declaración de San Miguel se
analiza la realidad de nuestro «pueblo» (considerado sujeto y agente
histórico), la estructuración histórica de la injusticia y la opresión y la
continuidad histórica de la lucha por la liberación[57]. A diferencia de Medellín, en San
Miguel se pone un acento especial en la dupla «pueblo»/«historia» y no tanto en
la opresión/liberación como un proceso inaugural o novedoso. En esta
perspectiva, San Miguel contribuye a consolidar la «línea popular» en el
interior de la jerarquía[58], al tiempo que le otorga elementos más
precisos en la definición de su identidad.
En
este contexto, y al mes de la Declaración
de San Miguel se produce un hecho clave en la década, que marca el cierre
de la misma: el Cordobazo. Más allá de las características de este movimiento
popular producido el 29 de mayo de 1969, nos interesa resaltar cómo contribuyó
a fortalecer una «línea popular» dentro de la Iglesia argentina,
distinguiéndola radicalmente de otras corrientes. Mientras para monseñor
Tortolo en el Cordobazo se pusieron de manifiesto las fuerzas ocultas
antinacionales y anticristianas que quieren producir el caos en la Patria[59], para el obispo Devoto lo que debe
lamentarse es la brutal represión de las justas reclamaciones de los
estudiantes[60]. Al mismo tiempo, el Cordobazo acelera la
definición del ideario «tercermundista», como una de las más claras expresiones
de la «línea popular». Sacerdotes «tercermundistas» de Goya, Corrientes,
Reconquista (Santa Fe), Resistencia, Rosario, Tucumán, Mendoza, entre otros,
condenan la violenta represión de la dictadura con motivo del Cordobazo,
abriendo una red de oposición a nivel no sólo jerárquico (que en todo caso, fue
minoritaria) sino parroquial, local y comunitaria. Como dato significativo, el
padre Rafael Yacuzzi, de Córdoba, responde el 18 de junio del 69 a un mensaje
del general Onganía, afirmando que el Cordobazo fue un movimiento contra los
opresores del pueblo, iniciando y señalando un camino de liberación nacional y
social[61].
5/ La
Iglesia «popular», el peronismo y los Montoneros
Entre
1969 y 1974 se ve en un creciente proceso de desarrollo una corriente que
articula expresamente al cristianismo con el peronismo, particularmente con la
«resistencia peronista», con el ala izquierda del movimiento nacional y
popular y con la organización denominada «Montoneros». Como expresión de
diferentes niveles de vinculación entre la «línea popular» de la Iglesia con el
movimiento peronista y, en particular, con los Montoneros, debemos considerar
tres tipos de publicaciones:
1. Las publicaciones que, en formato de libro,
ofrecen un contexto de pensamiento de alcance latinoamericano y que
representan las referencias de la «teología de la liberación» como una suerte
de voluntad de conjugación entre los posicionamientos de la Iglesia expresados en
la Populorum Progressio y en Medellín
y los procesos de liberación de la opresión en América Latina. Estas
publicaciones tuvieron en la época (1969-1974) una importante circulación entre
sacerdotes y laicos militantes de organizaciones católicas de izquierda. Entre
esos libros debemos mencionar el del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, Teología de la Liberación, que marcó el
inicio más sistemático de la corriente teológica latinoamericana de referencia;
la obra del franciscano brasileño Leonardo Boff (más tarde suspendido por el
Papa Juan Pablo II), Jesucristo
Liberador; las diferentes obras del filósofo e historiador de la Iglesia
mendocino Enrique Dussel (actualmente radicado en México), entre ellas los tres
volúmenes de Caminos de Liberación Latinoamericana;
las conferencias y libros del sacerdote entrerriano Arturo Paoli, entre ellos
quizás el más significativo: La
perspectiva política de San Lucas. A estos trabajos indudablemente
teológicos (pero en el sentido en que se plantea la Teología en esta corriente
continental) deben sumarse algunos otros de carácter literario, como los del
monje trapense de Nicaragua Ernesto Cardenal (más adelante ministro de la
Revolución Sandinista).
2. Las publicaciones de carácter
teológico-pastoral argentinas, que definen (dentro de la perspectiva de la
«teología de la liberación») una corriente de apropiación argentina que muchos
denominaron «teología del pueblo», por considerarse en ella la raigambre
histórica de los procesos de liberación y la centralidad de la categoría
«pueblo», entendido como sujeto histórico-político. Esta línea se hizo fuerte
en el Seminario de Villa Devoto, a través de la enseñanza y las publicaciones
de los sacerdotes Lucio Gera y Rafael Tello, entre otros, pero también con los
trabajos de Juan Carlos Scannone (considerado uno de los teólogos de la
liberación en Argentina), Justino O'Farrell, Francisco Jalics y Gerardo
Farrell, entre otros[62]. Entre otros, Lucio Gera y G. Rodríguez
Melgarejo publicaron en esos tiempos la revista Cristianismo y Sociedad, de un lúcido carácter teológico-popular.
Dentro de esta perspectiva, en esta misma época, se publica la Revista Bíblica, publicación que
sostiene una interpretación teológica liberadora, cuyo director es el sacerdote
de don Orione, padre Enzo Giustozzi (más adelante miembro de la conducción
nacional de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos[63]). En la perspectiva bíblica, debemos
mencionar las ediciones de libros bíblicos de los sacerdotes platenses Armando
Levoratti y Alfredo Trusso[64]; los comentarios y los poemas del padre
Osvaldo Catena; la colección Jesús el Liberador
(sobre el Evangelio de san Juan) del padre Santo Benetti; la historia sagrada,
titulada Historia de la Salvación,
del padre Severino Croatto, entre muchísimos trabajos más.
3. Las publicaciones que asumen explícitamente
la politicidad específica de la «línea popular» y que contribuyen a sostener el
definido compromiso de grupos numerosos de sacerdotes y laicos con el
movimiento peronista y con los Montoneros. Entre esas, mencionaremos dos
revistas: la Cristianismo y Revolución,
de Juan García Elorrio, y la revista Enlace,
órgano del «Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo». Ambas fueron
definitorias en la configuración de «los 70», en especial como espacio particular
de difusión de un movimiento que iba radicalizándose en su expresión del
compromiso cristiano con el pueblo y su proceso de liberación.
Es
preciso recordar que el «tercermundismo» tiene como punto referencial universal
el «Mensaje de los 17 Obispos del Tercer Mundo» de agosto de 1967[65], encabezados por dom Helder Camara, de
Olinda y Recife, Brasil. El Mensaje lo firman 8 obispos de Brasil y un obispo
de cada uno de las siguientes regiones: Argelia, Egipto, Colombia, Oceanía,
Yugoslavia, Líbano, Singapur, Laos e Indonesia. En el documento se alienta el
legítimo combate de los pueblos del Tercer Mundo (que forman el proletariado
explotado de la humanidad actual) en favor de la justicia y la libertad. Los
obispos sostienen que no toda revolución es condenada por la Iglesia; por el
contrario, la Iglesia debe aceptar y desear las revoluciones que sirven a la
justicia. Reconocen que la Iglesia ha estado generalmente ligada al «sistema»,
pero ha llegado la hora en que debe divorciarse del «imperialismo internacional
del dinero», sumándose a los pueblos pobres en su lucha por derribar a los
poderosos de sus tronos y enaltecer a los humildes y los hambrientos.
El
15 de agosto de 1967 se lleva a cabo una reunión sacerdotal para comentar el
«Mensaje». En enero de 1968, 270 sacerdotes argentinos firman una carta de
adhesión al «Mensaje»; en marzo, los adherentes sumaron casi 400 sacerdotes y
se convocó a un Primer Encuentro Nacional del «Movimiento de Sacerdotes para
el Tercer Mundo» (MSPTM), a realizarse en Córdoba los días 1 y 2 de mayo de
1968.
Un
antecedente del MSPTM fueron las reuniones sacerdotales de Quilmes (1965) y
Chapadmalal (1966)[66], que caracterizaron una corriente de
«denuncia profética»[67] de
las situaciones sociales injustas y de las políticas dictatoriales, a la vez
que significaron una clara apertura al diálogo entre católicos y marxistas, que
desembocará en la publicación de la revista Cristianismo
y Revolución, a partir de septiembre de 1966, dirigida por el ex
seminarista de San Isidro, Juan García Elorrio. En octubre de 1966, el grupo Cristianismo y Revolución critica los
esfuerzos por crear un partido político socialcristiano (en el Encuentro de
Unquillo, Córdoba) y decide convocar a los cristianos para la acción
revolucionaria contra la dictadura militar y contra el imperialismo. Desde
entonces, la revista Cristianismo y
Revolución difundió la opción por la lucha armada en América Latina,
siguiendo el ejemplo del sacerdote Camilo Torres. Precisamente en 1967, García
Elorrio crea el «Comando Camilo Torres», nucleando a numerosos católicos,
entre ellos a futuros líderes montoneros, como Fernando Abal Medina. Esta
vinculación se consolidará en julio del mismo año, cuando asisten en La Habana
(Cuba) a la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad
(OLAS), además de García Elorrio, John William Cooke (que preside la delegación
argentina) y los futuros montoneros Abal Medina, Norma Arrostito, Emilio Maza,
Roberto Quieto, entre otros. A su regreso, García Elorrio desarrolló el lazo de
Cristianismo y Revolución con el
peronismo revolucionario y la CGT de los Argentinos, y proporcionó a los
«protomontoneros» (como Abal Medina, Ramus y Firmenich) una posición
tercermundista y una actitud escatológica cimentada en la glorificación de los
militantes muertos por la liberación latinoamericana[68].
Si
bien la vida de Cristianismo y Revolución
es breve (como la vida pública de Juan García Elorrio, que muere en un
accidente presumiblemente intencional en 1970), tendrá una gran importancia en
la evolución del MSPTM. La revista le otorgará al Movimiento un amplio espacio
de difusión, apoyará su accionar e influirá en muchos de sus integrantes. Pero,
más todavía, representará el punto de encuentro entre los católicos y los Montoneros.
Los jóvenes protomontoneros Fernando
Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus habían pertenecido al derechista «Tacuara» a
los 14 años, movimiento del que simpatizaron los jóvenes nacionalistas
católicos Rodolfo Galimberti y Dardo Cabo (que dirigió el grupo católico
pro-peronista «Movimiento de la Nueva Argentina», hasta ser encarcelado en
1966). El padre Carlos Mugica, que se hizo peronista a los 26 años, trabó
contacto en 1964 con Abal Medina y Ramus, así como con Mario Eduardo
Firmenich, cuando los tres eran estudiantes del Colegio Nacional de Buenos
Aires y militantes de la Juventud Estudiantil Católica (JEC). En febrero del
66, luego de varios trabajos en la villa de Retiro, Mugica lleva a esos jóvenes
a «misionar» con los pobres de Tartagal (Salta). A partir de esas experiencias,
y del ejemplo de Camilo Torres, los jóvenes radicalizan su posición y
comprenden que la solución era la política revolucionaria armada. Esto los
separó de Mugica en 1967 y los acercó al «Comando Camilo Torres» ligado a Cristianismo y Revolución, de Juan
García Elorrio[69]. Otros jóvenes protomontoneros abrazaron la militancia católica y luego se
contactaron con el grupo Cristianismo y
Revolución; entre ellos Emilio Ángel Maza de la «Juventud Integralista» (de
la Universidad Católica de Córdoba), José Sabino Navarro y Jorge Gustavo Rossi
de la Juventud Obrera Católica (JOC) y Carlos Capuano Martínez de la JEC[70].
Existe,
sin embargo, otra posible descripción del recorrido «tercermundista». Y ese
recorrido, precisamente, es el que refleja el órgano oficial del MSPTM, la revista
Enlace. Luego de los «concilios» de
Quilmes y Chapadmalal, en febrero de 1967 un grupo de sacerdotes (encabezados
por el padre Miguel Ramondetti, más tarde secretario general del MSPTM) rechaza
acusaciones del gobierno a las movilizaciones obreras: si esos reclamos son "subversiones injustas" (tal
la expresión de la dictadura), el Evangelio es injusto. Entretanto, a
principios de 1968 surge la «CGT de los Argentinos», liderada por un obrero
gráfico proveniente de la izquierda cristiana: Raimundo Ongaro (diferenciada
del vandorismo de la «CGT de Azopardo»). Ongaro convocó a los sacerdotes que
habían adherido al «Mensaje de los Obispos del Tercer Mundo». Rápidamente, la
«CGT de los Argentinos» y, luego, el MSPTM se transformarían en un fuerte polo
de oposición al Onganiato.
Como
ya se dijo, el 1 y 2 de mayo de 1968 se realiza el Primer Encuentro Nacional
del MSPTM, con la participación de 21 sacerdotes representantes de 13 diócesis.
Allí se habla de «socialismo latinoamericano», diferente de los partidos
socialistas y cercano al movimiento nacional y popular (en este caso, el peronismo).
En ese Encuentro, el Movimiento resuelve encomendar al padre Alberto Carbone
(recordado por su presunta implicación en el secuestro del general Pedro
Eugenio Aramburu, en mayo de 1970) la publicación y distribución de un boletín:
Enlace, destinado a fortalecer el
contacto entre los miembros del Movimiento. El primer número de Enlace apareció el 15 de septiembre de
1968, dos años después que Cristianismo y
Revolución. Cabe destacar que, si la de García Elorrio fue una revista en
la que participaron sacerdotes y laicos, Enlace
representa una publicación estrictamente sacerdotal. Además del movimiento
de sacerdotes villeros, en Buenos Aires comenzó a distribuirse Enlace en las bocas de subterráneos, así
como mensajes aislados del MSPTM[71].
Luego
del Primer Encuentro, el crecimiento del MSPTM se hace notable, en especial por
la participación en un acto de protesta villero contra la erradicación de
villas anunciada por el gobierno en diciembre de 1968, del que participan los
sacerdotes Carlos Mugica, Jorge Vernazza, Rodolfo Ricciardelli, José
Meiseggeier, entre muchos otros más. Unos días después, entre el 22 y el 24 de
diciembre, en dieciocho ciudades de la Argentina, sacerdotes tercermundistas y
laicos ayunan como protesta por las injusticias y luego (en muchas parroquias)
suspendieron la Misa de Nochebuena, en lo que se dio en llamar la «Navidad Rebelde».
Incluso logran, el 10 de abril de 1969, que el Arzobispo Juan Carlos Aramburu y
su vicario monseñor Nolasco, participaran en una reunión del MSPTM en la
iglesia de la Santa Cruz, de Buenos Aires, de la que participaron Mugica,
Vernazza, Ricciardelli, Carbone, Alfredo Beranger, Lucio Gera, Jorge Goñi,
Osvaldo Musto, Rodolfo Ferrari, Telmo de Läurenti, Juan José Rossi, entre otros
miembros del Movimiento.
El
Segundo Encuentro Nacional del MSPTM se lleva a cabo en Colonia Caroya
(Córdoba) entre el 1 y el 3 de mayo de 1969, unas semanas antes del Cordobazo,
con la participación de 80 sacerdotes de 27 diócesis. Se trató allí la relación
entre el Movimiento y la política nacional, a partir de un diagnóstico nacional
de la miseria, el desamparo y la dominación. Se redacta un documento que
publica Enlace, titulado "Nuestras coincidencias básicas".
En este Encuentro (y en el Tercer Encuentro Nacional realizado en Santa Fe el 1
y 2 de mayo de 1970, unos días antes del secuestro de Aramburu) se comienza a
vislumbrar el acercamiento al peronismo por parte del MSPTM. Expresan: "En Argentina constatamos que la
experiencia peronista y la larga fidelidad de las masas al movimiento peronista
constituyen un elemento clave en la incorporación de nuestro pueblo al proceso
revolucionario"[72]. El Movimiento refuerza entonces una
terminología propiamente argentina para designar la «lucha de clases»
alejándose de las categorías importadas, que lo adscribe al peronismo
radicalizado: hablan de «nación y antinación», «explotadores y explotados»,
«popular y antipopular», «pueblo y antipueblo».
Si
bien el Cordobazo marcó un momento de compromiso y reconocimiento del MSPTM,
1970 fue el año clave para el Movimiento. No sólo por la frustrada
participación de los tercermundistas en el congreso de gremios combativos
impulsado por Agustín Tosco en Córdoba, debido a la represión policial, o por
la huelga de El Chocón apoyada por el padre Pascual Rodríguez y el obispo Jaime
de Nevares, o por el Tercer Encuentro Nacional del MSPTM (del que participaron
117 curas de 25 diócesis), sino por las consecuencias del secuestro de Aramburu.
En él actuaron, entre otros, Abal Medina, Ramus y Firmenich, vinculados a curas
tercermundistas, entre ellos Carlos Mugica; a partir de este hecho recayó una
investigación sobre el compromiso en el hecho del padre Alberto Carbone,
director de Enlace y miembro del
Secretariado del MSPTM, quien fue detenido en la Casa del Clero. En general, la
cobertura periodística de estos hechos fue contraproducente para el Movimiento,
ya que se lo vinculaba con los Montoneros y el secuestro de Aramburu[73]. De hecho, cuando el 7 de septiembre
asesinan a Ramus y Abal Medina en William Morris, ofician una misa de cuerpo
presente en la parroquia de San Francisco Solano, el padre Hernán Benítez y los
tercermundistas Mugica, Ricciardelli, Vernazza y Adur. Mugica ya se había
referido a Firmenich como «cristiano ejemplar» y en los funerales de Ramus y
Abal Medina hizo una defensa de los guerrilleros católicos a los que consideró
un ejemplo para la juventud; de igual forma se pronunció el padre Hernán
Benítez (quien fuera confesor de Eva Perón), quien afirmó que Ramus y Abal
Medina fueron asesinados por una nación que no llegó a comprenderlos[74]. Pero también Arturo Jauretche había
presentado sus respetos en el funeral, Perón envió una ofrenda floral y cientos
de jóvenes de la Acción Católica asistieron a la ceremonia[75].
La
revista Enlace continuará reflejando
y difundiendo el pensamiento del Movimiento en el documento "Nuestra reflexión: carta a los obispos
argentinos" (1970) y los documentos emanados del Cuarto Encuentro
Nacional (1971): "Comunicado de
Carlos Paz" y el Quinto Encuentro Nacional (1972): "Dependencia o liberación". En
el Cuarto Encuentro, realizado Carlos Paz (Córdoba) el 8 y 9 de julio de 1971,
el MSPTM se vuelca francamente hacia el peronismo de la Juventud Peronista, el
Peronismo de Base y el Peronismo Revolucionario; sólo un 10% adscribía a
posiciones socialistas no partidarias[76]. El Quinto Encuentro, en San Antonio de
Arredondo (Córdoba, agosto de 1972) marcó el punto máximo de elaboración
teórica presentado por los tercermundistas, proclamando que el sujeto
revolucionario es el pueblo oprimido[77]. En diciembre de 1972, los miembros del
MSPTM se reúnen con el general Juan Domingo Perón. El Sexto Encuentro Nacional
es el último y se realiza en junio de 1973; de él no surge ninguna declaración
oficial y se produce lo que podría denominarse una ruptura: el Secretariado y
el grupo de Buenos Aires se retiran y el Movimiento se regionaliza. En ese
contexto es que Enlace se suprime, a
partir de junio de 1973. Si bien existe una declaración el 29 de abril de 1974,
titulada "Sacerdotes para el Tercer
Mundo de Buenos Aires y gobierno popular"[78], el corolario más significativo del
período de configuración de «los 70», en lo que hace al proceso vivido por la
Iglesia, es el asesinato del sacerdote tercermundista Carlos Mugica.
El
asesinato del padre Carlos Mugica es punto de cierre en cuanto al papel de la
Iglesia en la configuración de «los 70». Pero es punto de inicio de una etapa
trágica cuyos hitos son, entre otros: el asesinato en Bahía Blanca del
salesiano Carlos Dorniak, el 21 de marzo de 1975; el asesinato, en la madrugada
del 4 de julio de 1976, de tres sacerdotes y dos seminaristas de la comunidad
palotina de la parroquia de San Patricio, en el barrio de Belgrano R de Buenos
Aires; el secuestro y asesinato, el 18 de julio de 1976, de los sacerdotes de
Chamical (La Rioja) Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville; el asesinato
del obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, el 4 de agosto de 1976, en
la ruta que va de La Rioja a Chamical; la desaparición, el 14 de junio de 1977
del sacerdote uruguayo de la Fraternidad de Jesús Mauricio Silva, entrañable
amigo del obispo neuquino Jaime de Nevares, que trabajaba como barrendero y
vivía en un conventillo; el asesinato el 11 de julio de 1977, en otro
sospechoso accidente automovilístico, del obispo de San Nicolás, monseñor
Carlos Ponce de León, cuando se dirigía a la Nunciatura con importante
documentación sobre represión, secuestros y torturas, que desapareció luego
del «accidente». En definitiva, los diecisiete sacerdotes desaparecidos o
asesinados entre 1974 y 1983, más las religiosas desaparecidas o asesinadas y
los innumerables detenidos, torturados o desterrados laicos.
Bibliografía
de consulta:
Farrell, Gerardo, Iglesia y pueblo en Argentina, Buenos
Aires, Patria Grande, 1976.
Gillespie, Richard, Soldados de Perón. Los Montoneros,
Buenos Aires, Grijalbo, 1988.
López, Mauricio, Los cristianos y el cambio social en la
Argentina, Mendoza, Alfa, 1989.
Mignone, Emilio F., Iglesia y Dictadura. El papel de la Iglesia
a la luz de sus relaciones con el régien militar, Buenos Aires,
Universidad Nacional de Quilmes y Página/12, 1999.
Pontoriero, Gustavo, Sacerdotes para el Tercer Mundo, Buenos
Aires, Centro Editor de América Latina, 1991.
Selser, Gragorio, El Onganiato, 2 Tomos, Buenos Aires,
Samonta, 1972-1973.
Terán, Oscar, Nuestros años sesentas, Buenos Aires,
Puntosur, 1991.
Jorge
A. Huergo
La
Plata, agosto de 1999.
[1] Cfr. Hernández Arregui, José, Imperialismo y cultura, Bs. As., Hachea, 1964.
[2] El Diario El Pueblo
(Bs. As., 9 de octubre de 1959) da cuenta de la posición del sacerdote platense
Pascual Ruperto que, desde 1957, eligió estar al lado de sus "cristianos de ideario peronista",
por quienes "estoy dispuesto a que
me arranquen los ojos porque son mis hijos".
[3] Plaza fue un obispo especialmente controvertido. En su primera
pastoral como flamante Arzobispo, en diciembre de 1955, hizo referencia
tempranamente a la necesidad de respetar los derechos de los trabajadores. En
los 70, en cambio, colaboró con el genocidio emprendido por la dictadura
militar.
[4] Farrell, Gerardo, Iglesia
y Pueblo en Argentina, Bs. As., Patria Grande, 1976; p. 120.
[5] Diario Córdoba,
Córdoba, 9 de octubre de 1959.
[6] Diario La Voz,
Bs. As., 3 de septiembre de 1983; reproducido en Mignone, Emilio, Iglesia y dictadura, Bs. As.,
Universidad Nacional de Quilmes y Página/12, 1999.
[7] Diario Mayoría, Bs.
As., 26 de octubre de 1959.
[8] Diario El Intransigente,
Salta, 28 de octubre de 1959.
[9] Cfr. Farrell, G., Op. cit.; pp. 120-121.
[10] Cfr. Vernazza, Jorge, "Introducción", en Mugica, Carlos,
Una vida para el pueblo, Bs. As., Pequén,
1984. Cfr. también Mignone, Emilio, Op.
cit.
[11] En Marcha, a
pocas semanas de derrocado el Presidente Illia, según Selser, Gregorio, El Onganiato. La llamaban Revolución
Argentina, Tomo II, Bs. As., Samonta, 1973; p. 386.
[12] El concepto de «integrista» puede caracterizar bien las
posiciones reaccionarias motivadas por intereses, o bien a las posiciones
oportunistas (o «gatopardistas») que adscriben a los cambios producidos por
factores de poder dominantes.
[13] Cfr. Selser, Gregorio, Op. cit., Tomo I; p. 16.
[14] Cfr. Ib., p.
287.
[15] Cfr. Selser, Gregorio, Op. cit., Tomo II; p.331.
[16] Cfr. Revista Presencia,
Bs. As.; Nº 74 (11/7/58), Nº 78 (12/9/58); Nº 80 (26/5/61) y Nº 81 (9/6/61).
[17] Cfr. Buchrucker, Cristián, Nacionalismo y Peronismo, Bs. As., Sudamericana, 1987; p. 120.
[18] Cfr. Ib.; pp.
166-ss.
[19] Revista Cruzada,
Buenos Aires, agosto de 1965.
[20] A la mencionada declaración de Cruzada, le responden once organismos católicos progresistas en
otra solicitada, entre ellos de la UCA: la Asociación de Estudiantes de
Sociología, Acción Comunitaria de Extensión Social y el director (Dr. José
Miguens) y un grupo de profesores del Departamento de Sociología (cfr. La Nación, Bs. As., 8 de septiembre de
1965).
[21] Véanse los artículos de Labanca en Cruzada de agosto de 1956, de noviembre de 1956, de abril de 1957,
julio de 1961. Entre 1960 y 1961, Labanca es, con Beccar Varela, secretario de
redacción de la revista. También en Presencia,
por ejemplo, del 9 de junio de 1961.
[22] Cabe recordar que el libro de J. Ousset, Marxismo-Leninismo, fue traducido por
Guevara y prologado por el Cardenal Antonio Caggiano, Arzobispo de Buenos Aires
por entonces.
[23] Se ha dicho que en un retiro espiritual de «cursillistas»
realizado entre el 24 y el 26 de mayo de 1966, fue donde se debatió el plan del
golpe y del gobierno posterior.
[24] Ver Esquiú,
Buenos Aires, 2 de abril de 1967. El problema de EUDEBA tuvo un claro trasfondo
de intereses comerciales, en el cual se jugó la participación de la Editorial
Sudamericana y la Editorial Librería del Colegio (también católica de derecha).
[25] Cfr. Sánchez Sorondo, Marcelo, La clase dirigente y la crisis del Régimen, Bs. As., 1941.
[26] El «Ateneo» estuvo integrado, además, por Mario Amadeo,
Santiago de Estrada, Mario Díaz Colodrero, Jorge Mazzinghi, Oscar Puiggrós,
Ángel Centeno, Nicanor Costa Méndez, entre otros.
[27] Cfr. Selser, Gregorio, Op. cit., Tomo II, pp. 234-235.
[28] Ver Azul y Blanco,
Buenos Aires, 7 de agosto de 1967.
[29] Ver Azul y Blanco,
Nº 59, Buenos Aires, 30 de octubre de 1967.
[30] Tortolo falleció en 1986 luego de una afección que le
producía desvaríos. Según relata uno de los seminaristas que lo cuidó en su
internación prolongada anterior a su muerte, Tortolo, delirando, gritaba
angustiado que su madre estaba desaparecida... Su propia mente le traía, como
torturándolo, la barbarie a la que había contribuido. Cfr. Mignone, Emilio, Op. cit., p. 23.
[31] Cabe recordar que, en la línea tradicional o
preconciliar, además de Antonio Caggiano y Adolfo Tortolo, podemos incluir a
otros miembros de la jerarquía eclesiástica: los monseñores Antonio José Plaza
(arzobispo de La Plata), Octavio Derisi (auxiliar de La Plata y rector de la
UCA), Guillermo Bolatti (arzobispo de Rosario), Castellanos (arzobispo de
Córdoba), Alfonso Buteler (obispo de Mendoza), José M. Medina (obispo de
Jujuy), entre los más notorios, y a los Nuncios Apostólicos que procuraron
colaborar con esta línea a través de actitudes integristas, monseñores Mazzone
(1958 a 1969) y Zanini (desde 1969).
[32] Mauricio López, pastor metodista y rector de la
Universidad Nacional de San Luis, desaparecido durante el Proceso, distingue
tres líneas en la jerarquía católica entre 1966 y 1973: la tradicional (que así denominamos, o preconciliar), la progresista (que nosotros denominamos
renovadora y la ligamos a la idea de «desarrollo», por lo cual preferimos no
llamarla «progresista») y la popular
(que así denominamos y la articulamos con la idea y la práctica de
«liberación»). Véase López, Mauricio, Los
cristianos y el cambio social en la Argentina. 1965-1975, Mendoza, Alfa,
1989; pp. 115-ss.
[33] Criterio
apareció por primera vez el 8 de marzo de 1928 y fue fundada por monseñor
Franceschi, con una posición francamente tomista. En sus inicios (los años 30)
publicaron figuras del nacionalismo como Julio Irazusta, Ernesto Palacio,
Manuel Gálvez, incluso el padre Julio Meinvielle. Sin embargo, su director
entre 1929 y 1932, Enrique Osés, sostuvo una posición reformista social.
[34] Cfr. Mignone, Emilio, Op.
cit.; p. 176.
[35] Ver Editorial "Revolución en América Latina",
en Criterio, Nº 1420, Buenos Aires,
24 de enero de 1963.
[36] Cfr. "La penetración comunista en la
Argentina", en Criterio, Nº
1330, Buenos Aires, 23 de abril de 1959; pp. 284-286.
[37] Cfr. Terán, Oscar, Nuestros
años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual en Argentina
1956-1966, Buenos Aires, Puntosur, 1991; p. 166.
[38] Ver el artículo de Estanislao del Campo Wilson en Esquiú, Buenos Aires, 14 de agosto de
1966.
[39] Cfr. Grondona, Mariano, "Las respuestas de
Onganía", en Primera Plana, Nº
96, Buenos Aires, 8 de septiembre de 1964.
[40] Primera Plana,
Nº 179, Buenos Aires, 16 de mayo de 1966; p. 11.
[41] Criterio,
Buenos Aires, 24 de febrero de 1966; p. 125.
[42] Ver Criterio,
Nº 1573, Buenos Aires, 1969; p. 379.
[43] Ver, por ejemplo, Editorial "El problema comunista y
la misión del hombre cristiano", en Criterio,
Nº 1328, Buenos Aires, 26 de marzo de 1959.
[44] Cfr. Eggers Lan, Conrado, El diálogo de la época. Católicos y marxistas, Buenos Aires,
Palatina, 1965. Sus inquietudes son anteriores: ver, del mismo autor,
"Cristianismo y marxismo", en Correo
de CEFYL, Buenos Aires, octubre de 1962 y Cristianismo, marxismo y revolución social, Buenos Aires, Jorge
Álvarez, 1964.
[45] Cfr. Quarracino, Antonio, "Las exigencias morales de
la economía", en Criterio, Nº
1254, Buenos Aires, 1967; p. 365.
[46] Cfr. Criterio,
Nº 1491, Buenos Aires, 1966.
[47] El debate sobre la construcción de una posición de centro
es uno de los nudos de discusión que alienta la revista durante la segunda
mitad de la década del 60.
[48] Cfr. CIAS,
Boletín Mensual, Nº 100, Buenos Aires, enero-febrero de 1961.
[49] CIAS, Boletín
Mensual, Nº 259, Buenos Aires, diciembre de 1976.
[50] Fuente principal: López, Mauricio, Los cristianos y el cambio social en la Argentina. 1965-1975, Mendoza, Alfa, 1989.
[51] Cfr. Sociología,
Año II, Nº 1, Buenos Aires, agosto de 1966.
[52] Cfr. revista Sociología,
Año II, Nº 2, Buenos Aires, octubre de 1966.
[53] Véase Selser, Gregorio, El Onganiato. La llamaban Revolución Argentina, Tomo II, citado; p.
37.
[54] En esa tarea reemplazó al padre Sirotti, quien luego
fuera reconocido colaborador del obispo Educardo F. Pironio.
[55] Selser, Gregorio, Op.cit.,
Tomo II, p. 152.
[56] CELAM, Documentos
Finales de Medellín, Buenos Aires, Ed. Paulinas, 1968; Documento II
"Paz", 16.
[57] CEA, Declaración de
San Miguel, Buenos Aires, Ed. Paulinas, 1969; VI: "Pastoral
Popular", 4.
[58] Cfr. López, Mauricio, Op.
cit., pp. 180-ss.
[59] Cfr. AICA,
Documento Nº 660, Buenos Aires, 11/6/69; p. 24.
[60] Cfr. Criterio,
Nº 1573, Buenos Aires, 1969; p. 379. Es reproducción de la audición radial de
monseñor Alberto Devoto.
[61] Cfr. Pontoriero, Gustavo, Sacerdotes para el Tercer Mundo: "el fermento en la masa"/1
(1967-1976), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1991; p. 59.
[62] En el caso argentino, esta perspectiva estuvo alentada
desde la reflexión filosófica (en diversos sentidos) por Osvaldo Ardiles,
Rodolfo Kusch, Dina Picotti, Mario Casalla, Julio De Zan, Alberto Parisí, entre
otros; por publicaciones como Hacia una
filosofía de la liberación latinoamericana (de la que participaron quince
filósofos) y Cultura popular y filosofía
de la liberación (de la que participaron nueve filósofos nacionales).
Entrada la década del 70, en esta línea se publicó la Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales (de la
Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales) de la que
participaron Mario Casalla, Conrado Eggers Lan, Rodolfo Kusch, Armando Poratti,
Armando Martínez, Silvio Maresca, Armando Muzzopappa, María Cristina Reigadas,
Carlos Cullen, Graciela Maturo, Alcira Bonilla, Horacio Biaggini, entre otros.
[63] El padre Enzo Giustozzi junto al salesiano Mario
Leonfanti (de la parroquia de Floresta) y el capuchino Antonio Puigjané fueron,
según relata Emilio Mignone, ejemplos paradigmático en la lucha por los
derechos humanos durante la Dictadura de 1976 a 1983. Cfr. Emilio Mignone, Op. cit.; pp. 147-149.
[64] Como por ejemplo: El
Libro de la Nueva Alianza, versión argentina del Nuevo Testamento, y El Libro de los Salmos; ambos de amplia
difusión, junto a la famosa edición versión chilena titulada Biblia Latinoamericana, en las
parroquias populares.
[65] Ver Informaciones
Católicas Internacionales (I.C.I), Nº 296, México, septiembre de 1967; pp.
7-8. Reproduce la edición del 31 de agosto de Témoignage Chrétien.
[66] En el llamado «Pequeño Concilio de Quilmes», en junio de
1965, participaron los obispos Jerónimo Podestá y Antonio Quarracino y unos 80
sacerdotes. El encuentro tuvo como antecedente otro realizado en 1964 en Buenos
Aires, con participación de sacerdotes de la Capital, San Isidro, Morón, Lomas
de Zamora, Avellaneda, La Plata, San Nicolás, Mercedes, Nueve de Julio, Azul y
Mar del Plata. El principal cometido era el compromiso activo con los pobres.
En junio de 1966 (mientras se preparaba el golpe contra Arturo Illia) se reúnen
en un nuevo «Concilio» en Chapadmalal unos 70 sacerdotes, para profundizar el
compromiso real con lo temporal y con el pueblo pobre. En este encuentro
tuvieron destacada actuación tres sacerdotes: Lucio Gera, el jesuita Alberto
Sily (del CIAS) y Justino O'Farrell,
y dos laicos: los sociólogos José Miguens y Francisco Suárez.
[67] Cfr. Farrell, G., Op. cit.; pp. 126-ss.
[68] Cfr. Gillespie, Richard, Soldados de Perón. Los Montoneros, Buenos Aires, Grijalbo, 1987;
pp. 84-85.
[69] Cfr. Guillespie, R., Op.
cit.; pp. 74-87.
[70] Cfr. Guillespie, R., Op.
cit.; p. 86.
[71] Cfr. Enlace,
Nºs. 1 al 28, Buenos Aires, MSPTM.
[72] Cfr. MSPTM, Nuestras
coincidencias básicas, mayo de 1969.
[73] Entre otros, los diarios La Mañana, Formosa, 26/7/70; El
Diario, Paraná, 17/7/70; El Territorio,
Resistencia, 20/7/70; La Razón,
Buenos Aires, 16/7/70.
[74] En Buenos Aires
Herald, Bs. As., ed. del 12 y el 15 de septiembre de 1970.
[75] Cfr. Guillespie, R., Op.
cit.; p. 129.
[76] Cfr. Pontoriero, G., Op.
cit.; p. 97.
[77] Cfr. MSPTM, Dependencia
o liberación, Córdoba, 1972.
[78] Cfr. López, M., Op.
cit.; p. 94.